Canto a mí mismo Walt Whitman


Si usted considera que la poesía esencialmente sirve para decirle cosas bonitas a una mujer, este libro no es para usted. Si usted considera que la poesía produce melancolía o es un momento de reflexión filosófica acerca de la vida, este libro no es para usted. Si usted considera que la poesía es siempre sublime y delicada, este libro no es para usted. Si usted es un académico, racionalista, escrutador innato y formal, este libro no es para usted. Pero sobre todo, si usted no es feliz, no ama la vida y no se ama a sí mismo, este libro, determinantemente, no es para usted.

Si usted viste de negro, piensa que es una extraña criatura de la oscuridad y escucha Lacrimosa hasta en las mañanas soleadas de abril, este libro no es para usted. Pero, aunque este libro no sea para usted, puede leerlo con toda confianza; suele ser la solución perfecta contra problemas de melancolía, tristeza, excesos de racionalismo y elimina algunas creencias arraigadas en el alma del hombre, como la de que ser presidente o papa o algo parecido, en estos tiempos narco debería incluirse, sea el mayor logro que puede tener un hombre.

Walt Whitman es el abuelo feliz que se complace en su propia existencia. Nada le parece más maravilloso que su olor a cebo, que su carne, y con tirarse en la hierba llega a estar pleno, más feliz que cualquiera. Se ama a sí mismo y ama a los demás con un amor titánico (creo que el término titanismo ha sido acuñado por algún teórico, mejor léase gigante y gigantismo), de tal modo que ama a todas la mujeres y todos los hombres son sus hermanos, ante él nadie es culpable, todos son sanos y hermosos.

El Canto a mí mismo, de Walt Whitman, es un canto que no tiene nada que ver con los lamentos, con el enunciador poético la vida ha sido dadivosa. Y tampoco tiene que ver con una visión del mundo optimista y “buena”, él es todo, lo bueno y lo malo, y todo lo agradece. Le da un duro golpe, tal vez en una época temprana, al positivismo y al racionalismo cuando dice “¿me contradigo? Sí, me contradigo… ¿Y qué?”. La razón la tiene Kant, seguramente, o algún otro filósofo, pero Whitman es tan grande que tiene la razón y además no la tiene, ¿y qué?

¿Quién en estos tiempos tiene las pelotas, discúlpeseme la expresión, de reconocer que se equivoca y no correr a esconderse con el rabo entre las patas o buscar una justificación a su error? Whitman se acepta con todo, incluso sus propios errores, hermosos porque son parte de la naturaleza.

Algunos han llamado a Whitman, particularmente en Norte América, el poeta de las democracias, sobre todo apelando a su poema dedicado a Abraham Lincon. Esto me resulta valido en parte, ya que no representa la democracia como la conocemos, donde no somos iguales sino que todos votamos por representantes, ya que hasta se mofa de los políticos: “¿piensas que lo más grande es llegar a presidente? Pues muchos lo lograrán y otros llegarán aún más lejos”, eso a él no le importa pero lo manifiesta para que  al lector tampoco le importe. Para Whitman todos somos iguales, y valiosos además, pero por nuestra propia existencia, no por el sistema económico o político en el que nos desarrollamos.
Prepárese para ser feliz y solucionar todos sus problemas: lea Canto a mí mismo. Y recuerde, si persisten las molestias emocionales y los problemas racionales, algunos otros poetas pueden ayudarlo.
Autor de la nota:
Yuyín González

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